
Ya está en la calle el nº 73 de la revista Libre Pensamieno, con el siguiente sumario:
- Editorial.
- Más allá de los ciclos de protesta: auntes sobre la construcción de autonomías en el barrio de Sants. Joan Rovira.
Dossier: Más allá del Estado del bienestar, más allá de lo público.
- Lo estatal y lo público. Felix García Moriyón y David Seiz Rodrigo.
-Liberalismo y biopolítica. En torno a la auto-creación ética del sujeto. Pedro García Olivo.
- La Gobernanza, pieza clave del neoliberalismo avanzado. Tomás Ibáñez.
- La Cooperativa Integral Catalana: un camino para avanzar hacía una transformación social autogestionaria. Enric Durán.
- Marinaleda, un ejemplo de gestión colectiva municipal en el campo andaluz. José Candón Mena.
- Yo sí, Sanidad Universal, construyendo en red. Quienes nunca aceptan un no como respuesta.
- Apostando por el sindicalismo de CGT. Josu Albinarrate.
- Políticas fiscales: ingresos, gastos, deuda... ¿Qué hacemos, qué podemos hacer? Desiderio Martín.
- Portugal 2013. Un país al borde del colapso. Ana Mendes.
Libros
- Ilusionistas. Noam Chomsky. Ediciones Irreverentes 2012. José Miguel Fernández.
-
Declaración. Antonio Negri y Michael Hardt: Propuesta de un proyecto
constituyente del común a proposito y más allá del ciclo de luchas de
2011. Dioni Cortés.
En total 92 páginas en Din A4 por 6€.
Os dejo a continuación el texto editorial de este número:
La
realidad actual aparece increíble. Resulta que para rescatar a la banca
tenemos que endeudarnos en unos miles de millones de euros que
tendremos que pagar entre todos los ciudadanos, pero la condición que se
nos impone para concedernos esos préstamos es la de despedir 6.000
trabajadores, con lo que invertimos contra nosotros mismos. Y de este
pelo son todas las "ayudas" que se nos vienen haciendo, cuyas exigencias
implican un paulatino empobrecimiento que no parece vaya a tener fin.
Estamos
en una especie de tsunami iniciado, parece ser, por las entidades
financieras y sabiamente reconducido contra todo derecho, contra toda
garantía, contra todo lo público y contra todo lo social. A través de
las manipulaciones financieras nos endeudaron a todos de forma colectiva
y en muchas ocasiones individualmente, y ahora, vienen a desahuciarnos.
Y no es seguro que esta realidad sea resultado de una mente
perversa sino la única forma de supervivencia de un capitalismo
competitivo, enfrentado a un paulatino agotamiento de los recursos
naturales, necesitado cada día de mayor concentración de la riqueza y
del poder.
Cabría preguntarse si es posible otro capitalismo y sería
bueno que nos ayudara a responder a esa pregunta cualquiera de los
ciudadanos de los países mantenidos en la pobreza, que siempre han
venido siendo esquilmados por ese capitalismo, con la colaboración en
muchas ocasiones de sus clases dirigentes.
Siempre ha existido un
cerco fuera del cual estaba la intemperie de la privación de recursos.
La crisis está funcionando como un estrechamiento de ese cerco y quienes
ahora vamos quedando fuera somos nosotros. Nuestra sociedad sigue
teniendo un nivel de bienestar o de consumo importantes, pero cada día
esos afueras se aproximan más y empiezan a presentársenos en entornas
cada vez más próximos.
Y el cerco seguirá estrechándose y nuestro
empobrecimiento se hará más profundo imparablemente como una necesidad
del capitalismo y su modelo de desarrollo, carentes de toda capacidad de
frenado o de cambio de rumbo. Solo una reacción social fuerte y
decidida podría ser ese freno.
Pero tampoco parece que estemos en el
camino de posibilitar la irrupción de esa necesaria reacción social. Al
contrario, colectivamente seguimos siendo una sociedad empeñada en
mirar para otro lado, mantenida en la creencia de que el empobrecimiento
tendrá un límite y que su carácter será pasajero, y de que los ajustes y
sacrificios que nos imponen tendrán su premio, sin querer ver que solo
son el anuncio de lo que se nos avecina. Ana Mendes, cierra su artículo
publicado en este número, "Portugal 2013 - Un país al borde del
colapso", con una frase atrozmente certera: "El error de Portugal hace
dos años fue pensar que no era Grecia, como tal vez el error de España
ahora es pensar que no es Portugal. Es que, amigos y amigas, somos todos
griegos porque todos somos Europeos". Ese no querer darnos cuenta de la
situación, ese dejarnos engañar por promesas, nos llevan a un retraso
en la contestación social, retraso que nos saldrá caro porque el cuándo
de esa posible reacción no deja de ser importante: cada día que pasa nos
aboca a una situación peor, y el punto de partida del que pudiéramos
arrancar estará cada día más retrocedido.
Es cierto que algo pasa.
El 2011 sucedió el 15M, y en 2012 ha habido dos convocatorias de huelga
general. La deslegitimación del modelo, tanto económico como político,
desarrollada por el 15M se quedó en eso y las dos convocatorias de
huelga no modificaron la situación laboral y social, resultando una
realidad que muestra más sus insuficiencias y su no llegar, que sus
posibilidades.
En buena medida la "crisis" viene a ser una
declaración de guerra del capitalismo a la sociedad, un enterramiento de
las políticas socialdemócratas y de las vías de concertación social,
mientras que las dos huelgas habidas no son una respuesta a esa
declaración, sino que siguen estando en esa estrategia del sindicalismo
de pacto, de demostraciones de fuerza en la búsqueda de su recuperación.
Y no será fácil que las organizaciones sindicales mayoritarias pasen a
una posición más decididamente beligerante, ni mucho menos que lo hagan
con el apremio que la situación requiere.
Para que eso no ocurra
CCOO y UGT seguirán contando con el favor de lo establecido, seguirán
gestionando, a la sombra de la patronal, bolsas de trabajo, aunque cada
vez más precario, y seguirán recibiendo subvenciones, aunque sean
menores, que les permitan ejercer un clientelismo menguante y su propio
mantenimiento. Pero el cierre de ese espacio sindical ya les está
afectando, en la reducción de sus aparatos por no poder mantenerlos y en
la desafección paulatina de alguna parte, no necesariamente la más
válida, de sus adherentes.
Sin embargo, ni la pérdida de legitimidad
implica que se abran espacios a nuevas realidades ni el adelgazamiento
del sindicalismo de pacto se traduce en un incremento del espacio de
confrontación ni en una variación significativa de la contestación
social, que viene experimentando un crecimiento cuantitativo, pero que
todavía es muy puntual, dispersa y esporádica, resultando terriblemente
difícil encontrar formas de actuación que vayan en la dirección de dar
respuesta a las injusticias más graves de la actual situación, que
incrementen la capacidad de confrontación y presión social y que
incorporen a esa dinámica a sectores sociales cada día más amplios.
Todavía
la situación parece no posibilitar la respuesta social que conjugue una
propuesta suficientemente radical con un eco con la suficiente
amplitud, obligándosenos a optar entre la una o la otra, como si el
malestar existente estuviera demasiado mezclado todavía con un acceso
nada desdeñable a la sociedad de consumo que pudiera más que aquél, como
si todavía los elementos de amortiguación prevalecieran sobre los de
malestar.
Somos una sociedad con muy grandes desigualdades internas.
Del mismo modo que la crisis está agrandando las diferencias entre
"ricos" y "no ricos", también las está agrandando dentro de la mayoría
social. Aunque esa mayoría estemos empobreciéndonos, lo hacemos de muy
desigual manera. Existen diferencias económicas sustanciales dentro del
sector "trabajadores" o del de "pensionistas", diferencias, además, que,
si puede establecerse una línea o franja por debajo de la cual no es
posible atender a lo que en nuestra sociedad se consideran necesidades
vitales, sitúan a parte de esos sectores claramente por debajo y a otra
parte holgadamente por encima, con lo que resulta difícil utilizar estos
términos para definir realidades que puedan considerarse homogéneas.
Son
esas desigualdades internas las que hacen difícil o imposible que una
determinada propuesta social pueda alcanzar un respaldo mayoritario,
exigiendo que "lo reivindicativo" tenga que tener otras formas de
expresión, dirigiéndose, efectivamente, a un reparto más justo entre las
rentas de capital y las del trabajo, pero también a un reparto más
justo entre las rentas del trabajo. Más, sin lo segundo difícilmente
alcanzaremos lo primero, pues esas desigualdades son un arma imponente
en manos del poder económico.
Junto con la renta básica, el reparto
del trabajo parece una reivindicación prioritaria. La jornada de 30
horas semanales, traducida en los equivalentes puestos de trabajo,
resulta un objetivo necesario y debiera ser ocasión para una
homogeneización interna vía reducción de los abanicos salariales y
también para obtener una relación más favorable entre las rentas de
capital y las del trabajo. Esto es, el coste salarial de la reducción de
jornada ni tiene que ser pagado en su totalidad por los trabajadores ni
tiene que se repartido por igual entre los diferentes niveles
salariales.
Pero estamos muy lejos de conseguir ese objetivo. Es
más, seguramente se nos están imponiendo incrementos de jornada y,
simultáneamente, se está abriendo la vía a una reducción del paro a
través de minitrabajos y otras propuestas de exacerbación de la
precariedad y del deterioro de las condiciones laborales y salariales,
también muchos de los conflictos laborales se están saldando con
reducciones salariales para mantener el empleo, lo que significará
formas de "reparto" que nos irán siendo impuestas y que obrarán en la
dirección contraria, en la del incremento de sus beneficios y de sus
medios de dominación y el de las desigualdades.
Siendo importante,
la jornada de 30 horas, la renta básica o cualquier otra propuesta
concreta resultarán insuficientes, necesitamos un cambio de rumbo más
general, que abarque la totalidad de los derechos políticos, sociales y
laborales, enfrentándose para ello a temas como la deuda, los déficits
democráticos de nuestro marco legal y el modelo de representación, un
cambio solo se puede impulsar desde una movilización mucho más decidida.
Una movilización cuya demora o ralentización nos saldrá cara. Basta
ver el camino que vamos recorriendo: el relativo bienestar presente,
del que ya han sido excluidos importantes sectores sociales, es el
bienestar que nos queda, el que todavía no nos han quitado, pero que
desaparecerá de mantenerse las actuales dinámicas, de no producirse ese
cambio de rumbo impulsado por la movilización social.
Dos huelgas
generales en 2012 demuestran más su insuficiencia que su potencialidad.
Necesitamos otros ritmos y también otras formas de movilización, sin
renunciar a las clásicas. Necesitamos incentivar la movilización y
añadirle actitudes de desobediencia a medidas radicalmente injustas y de
boicot a determinados productos e instancias comerciales o financieras.
Necesitamos sumar y conjugar las actuaciones colectivas e individuales.
Con la "crisis" el capitalismo nos situó en una encrucijada. y toda
la gestión de esa crisis ha consistido en andar por una senda
equivocada, muy provechosa para los intereses minoritarios, pero
socialmente nefasta y que, lejos de las mentiras de reactivación y
vuelta a la prosperidad, nos conducirá a situaciones de más profundo
deterioro. Impulsar el cambio de rumbo es necesario y perentorio.